Guía Ojo al Piojo!
Ojo al Piojo!


Psicología

Cada cual atiende su juego

En la infancia, el juego es la actividad indispensable a través de la cual nos formamos como personas y aprendemos a vincularnos con los demás. Abrir la puerta para ir a jugar es abrir un universo de subjetividades disfrutar, experimentar y crear. Se trata de un medio de simbolización y de expresión de las emociones.

Desde el momento en que nacemos, jugamos. Y lo haremos durante toda nuestra vida. A partir de la experiencia lúdica se estructura la psiquis, el vínculo con la madre y el padre y con otras personas significativas (hermanos, tíos, abuelos, maestras, niñeras…). Los ritmos y propuestas aportados por “los grandes” funcionan como guías y matrices y orientan los juegos que los niños desarrollan cuando juegan solos y con sus pares.

El cómo del juego se va transformando. Los juegos de presencia / ausencia (“¿Dónde está mamá? ¡Acá está!”) se transforman en juegos de roles y luego en diferentes juegos reglados. A medida que los chicos crecen, el juego se convierte en un hecho social. Después de una primera etapa de juego en paralelo (es decir, momentos en los que los bebés comparten el espacio físico con otros sin integrarse en el mismo juego), el momento lúdico se va socializando y aparecen los juegos grupales. Con la participación en los grupos, los chicos aumentan las posibilidades de aprender a partir de la experiencia y enriquecer sus vínculos.

A través del juego, los chicos construyen su propio mundo y procesan las circunstancias que los rodean, elaborándolas y asimilándolas. Además, se ponen en práctica diferentes destrezas, se trabaja sobre las frustraciones y se expresan fantasías, miedos e inhibiciones. Tanto aparece el mundo interno infantil a través de sus juegos, que las consultas psicológicas se valen de ellos como el mayor recurso de diagnóstico y tratamiento. Y por eso, también, es que la falta de juego es síntoma de que algo no anda del todo bien.

A través de su puesta en juego, un niño saca al exterior sus angustias, sentimientos censurados y conflictos internos, y los domina mediante la acción. El juego es, entonces, un espacio para la descarga. ¿Quién no ha visto a sus hijos repitiendo en un juego una escena que vivenció pasivamente, para recrearla o modificarla activamente? Esta descarga es saludable y natural; cuando no se produce en objetos externos, la tensión comienza a afectar los vínculos entre los chicos y su entorno.

Crear, crear y crear

Es fundamental darle espacio a la espontaneidad para explotar el potencial creativo que trae consigo el juego. Los adultos debemos jugar con los chicos, pero sin interferir en su creación: los protagonistas deben ser ellos, nosotros nos limitamos a ocupar los roles de reparto. La forma de acompañar y favorecer el potencial del juego es a ofreciendo nuestra disponibilidad, tiempo físico y presencia para la puesta en escena.

Siguiendo esta lógica es que se suele sugerir que los chicos dispongan de algunos pocos juguetes “duros” (aquellos con fines determinados o específicos) y muchos mpas juguetes “blandos”, que pueden ser intervenidos, transformados y manipulados. En este último grupo se ubican también los juguetes caseros o creados por los chicos, a partir de materiales de descarte y sus propios deseos.

Jugar tiene, entonces, muchas más funciones que sólo divertirse. Como papás, debemos garantizar que los espacios lúdicos existan, y colaborar con nuestros chicos para que descubran todo su potencial. ¿Vamos?